CURANDEROS, SANADORES Y OTRAS HIERBAS
Curanderos que de hecho curaban
«Gente es esta de la que hablo que he conocido, y alguna de muy cerca. De los curadores de los que cuento, siempre me sorprendió que de hecho curaran enfermos, y el cuidado humano que ponían en su trato, amén de una sutileza intelectual que les vendría, digo yo, del reconocimiento de secretas ordenes de la Naturaleza, en la cual el hombre es una parcela cuyos limites no se saben. Uno pudiera ponerse a escribir que estos curanderos, menciñeiros que decimos en mi país gallego, eran intuitivos geniales, pero sacaría la piedra de su quiz, y ni explicaría el saber, que lo tenían, ni ciertos poderes, que no me atrevo a llamar mágicos y que sin duda poseían». Son palabras ajenas pero de un gran conocedor del tema de los sanadores y, sobre todo, del arte de contarlo: Álvaro Cunqueiro, en su ‘Escuela de curanderos’.
De ellos hablamos, de aquellas gentes que no se sabe muy bien cómo pero, como dice Cunqueiro, «que de hecho curaban».
Oficio de pastores y componedores
«Si no fuera el reuma... Y ya no se me quita. Me dio unas hierbas El Cabrero y me dijo: ‘O te la quitan estas o, si no, ya tiene que ser la madre’. Me quería decir la tierra del cementerio». Las palabras eran, en 1992, de Antonio González Flecha, y su tranquilidad contrasta con el dramatismo de la escena. El hombre, de 76 años, contemplaba como el fuego había consumido su vieja serrería, en la que había trabajado toda la vida, y su único lamento era que no se sentía con fuerzas para levantarla otra vez, con sus propias manos, como había hecho años antes, cuando era joven.
– Pero eso del reuma lo podrá mirar.
– No, dijo El Cabrero que no, que aquellas hierbas o el cementerio, y ya veo que tiene que ser el cementerio.
Es una muestra más de la fe que las gentes de los pueblos han tenido en algunos de sus curanderos, sanadores y otras hierbas.
Las historias que se cuentan y escuchan en esta España rural, en este León rural, están a medio camino entre la magia, la medicina y, sobre todo, la en estos casos imprescindible fe.
Higinio Altuzarra
Nunca he leído, ni en novela, una historia tan mágica como la que cuentan tratantes de ganado del norte de la provincia y los vecinos asturianos de un colega suyo, Higinio Altuzarra, también tratante y curandero de verrugas y almorranas. Un hombre que recorría todas las ferias del norte de España, desde León a Cantabria, Soria o La Rioja, donde había fijado su residencia en los últimos años que aparecía por los mercados de ganado.
Matías Argüelles, asturiano y habitual en las ferias de Lillo, Riaño, Boñar, Lugueros, Cármenes o Ventosilla, cuando las había, que no todas han logrado sobrevivir, estaba fascinado con las historias de curanderismo de Higinio. «Con las verrugas no fracasaba nunca, dígotelo yo que vi paisanas averrugás y enseñómelas lisas después», insiste este hombre que no se puede deshacer del bable cerrado del valle de Aller. «El te miraba de arriba abajo, anotaba en un libreto que traía para hacer las cuentas de las vacas que compraba y ponía allí el nombre y el pueblo. Marchaba para el monte donde él vivía y para otra feria te traía el frasco con lo que te tenías que dar en la verruga. «No falló ni una», insiste el hombre, que completa su historia con el caso de una mujer que «ya se iba a divorciar porque tenía verrugas en el sitio y él llegó a tiempo de arreglarlo».
Gasparín y Pericón
Esta parte de la historia es más habitual. Curanderos los hay para todos los males, pero la parte mágica está en cómo salvó el propio Altuzarra su vida cuando en su vagar por los montes de feria en feria, de ganadería en ganadería, fue sorprendido por una tremenda nevada, perdido en los montes. Intentando bajar encontró un corral en el que unas vacas sobrevivían como podían, acurrucadas unas contra otras, y no lo dudó dos veces. Cogió la más grande, la que el vio con mas grasa, y la abrió en canal con su cuchillo de monte. Con la vaca aún viva y caliente se introdujo en sus entrañas y allí permaneció hasta que dieron con ellos los de una patrulla de salvamento, por lo que este hombre solía contar que el nació de una vaca, «aunque ya de mayor».
No es de hoy la afición a los curanderos. O la necesidad. Había muchas gentes, como El Cabrero de La Flecha, que en su vagar por los montes van descubriendo las hierbas que les hacen bien, que se entablillan sus piernas, enderezan sus tobillos o lo hacen con su ganado y, en caso de necesidad, «será igual».
Los viejos a los que preguntas por estos asuntos distinguen entre curanderos y brujos. Existe mucha fe en los curanderos de siempre, ‘los de los huesos’, e incluso en los que conocen los secretos de las hierbas medicinales. Existe mucha desconfianza para aquellos que te dan un vaso de agua, te imponen la mano o similares, aunque no les faltan ‘clientes’ a estos últimos pues cuando uno pierde la salud necesita creer, en lo que sea.
Es evidente que los de más fama y prestigio eran los arregladores de huesos en mancados, gentes que se basan en la intuición, viejas experiencias y un don natural evidente para explorar por las encarnaduras de los lesionados.
El escritor Victoriano Cremer, casi centenario y memoria viva del León del siglo XX, recuerda perfectamente a una curadora marginal que se permitía el lujo de tener consulta abierta nada menos que en la calle Ancha y de la que escribe que «se permitía el lujo de bizmar y enderezar a los más engarabitados torsos de León y no digamos si se trataba de zurcir virginidades, que en eso ‘La Portuguesa’ era única en su clase».
Pero al curandero que recuerdan la mayoría de los leoneses capitalinos para los asuntos de esguinces, torceduras y otros males de los huesos, incluidas las fracturas, era al ‘Señor Gasparín’ de Oteruelo, que era un maestro en el método de las cataplasmas y vendas con ungüentos a los que se atribuían las más rápidas curaciones.
Eran los tiempos de ‘ir al brujo’. En casi todas las comarcas existía alguno que gozaba de gran prestigio y a cuya casa acudían gentes desde muchos kilómetros. En la montaña central tuvo gran predicamento Pericón el de Genicera, al que muchos reconocían que les había recuperado un tobillo de aquellos que se hinchaba por nada, unas costillas que producían insoportables dolores y hasta columnas para las que se temía lo peor. Parches, el vacío en un vaso con fuego y el poder de sus manos estaban detrás de estas milagrosas curaciones.
Curanderos del alma y del cuerpo
Ya se ha comentado en estas páginas cómo se introdujo en el mundo del naturismo Prudencio Rodríguez, de San Justo de la Vega. Desahuciado por los médicos y los curanderos, a todos acudió, buscó la solución en los libros y la encontró en uno que solo le costó 12 pesetas (aunque en los años 50 ya era dinero). «Estaba escrito por un cura alemán del siglo pasado. El tratamiento de este sacerdote se basaba en preparados de hierbas medicinales y chorros de agua fría», le contaba hace veinte años este hombre a nuestra compañera Yolanda Arenas.
Don Basilio
Y es que la tradición de sacerdotes en el mundo del curanderismo viene de lejos y sigue vigente, al menos en nuestra tierra. Un gran conocedor de los secretos de las hierbas medicinales en la provincia de León es el párroco de Villafruela del Condado, Basilio Gutiérrez Puente.
Los conocimientos de ‘don Basilio’ son aplicables a todo tipo de dolencias y no se puede quejar de la aceptación que tiene como ‘curandero de almas y cuerpos’. Un largo interrogatorio –para esclarecer el origen de las dolencias y descartar en muchos casos tratamientos posteriores en aras de la lógica pura y dura y conocimientos de medicina que va adquiriendo– preceden a la escritura, con muy cuidada letra de cura, de una clara y concisa receta en la que aparecen ingredientes como cola de caballo, bayas de enebro, comprimidos de cloruro magnésico o fresno, según las dolencias. La redacción especifica de todos los detalles: «Tomar una infusión en ayunas de cola de caballo durante quince días y otros quince descansar y repetir el proceso. Con las bayas de enebro empezar masticando y chupando a media mañana una, al día siguiente dos. Ir aumentando una cada día hasta llegar a quince y luego bajar, 15, 14, 13... etc., hasta una». Más claro, agua. Pero la realidad es que gozó y goza de reconocido prestigio, aunque ya se dedica más al pastoreo de almas que de cuerpos, pues ha crecido mucho más la demanda de curas que de curanderos.
Matías Boñar
El caso de Matías Boñar es más curioso. Su técnica es mucho menos habitual y conocida, al menos en León, aunque no parece que tanto en el país en el que la practicaba este agustino nacido en Ruiforco de Torío: la radiestesia.
Las jornadas de trabajo de este fraile comenzaban a las cinco de la mañana y no finalizaban hasta la medianoche. Las colas para que les aplicara las técnicas aprendidas de los zahorís y los egipcios eran enormes.
Con radiestesia y una pirámide, unidas al perfecto conocimiento de las fuerzas positivas y negativas de la naturaleza, le permitían desterrar de sus pacientes los catarros y, sobre todo, el cansancio.
Resulta curioso conocer cómo se inició en esta actividad: «Para ejercer mejor mi apostolado. A los no creyentes no me podía acercar y echarles un sermón».
Flores del bien para todos los males
«El Sida es curable». Si un día de abril de 1993 cualquier lector abre su periódico y se encuentra con esta frase en grandes titulares se tiene que detener ante ella. La ciencia no caminaba entonces por los derroteros de la curación de esta enfermedad y un hombre ‘de pueblo’, de El Burgo Ranero concretamente, en jersey y sin más aparatos sofisticados de investigación que una imagen del Sagrado Corazón de Jesús al fondo de la fotografía no parecía tener ninguna duda. El autor de la frase, que aparecía en la fotografía mirando el fondo de ojo de un paciente, era Elías García de Prado, de 67 años en aquellas fechas, quien añadía: «Esta enfermedad es curable, para combatirla no hacen falta muchas complicaciones, es lento pero fácil. No me importa que no me crean, lo triste es la cantidad de enfermos que morirán».
La duda es siempre la mis misma ¿Un loco? ¿Un visionario? ¿Alguien que de un grano de arena ha hecho un mundo? Es la eterna pregunta ante las afirmaciones muchas veces contundentes de curanderos, sanadores, naturistas... Este hombre afirmaba que el único enfermo de Sida que había llegado a sus manos había mejorado de manera espectacular como certifica un informe firmado por el doctor del Valle de la clínica La Paz: «El paciente ha experimentado una mejora clínica y biológica evidente». Y el leones añade: «Pero yo ya lo sabía, lo había visto en el iris de sus ojos y sus amígdalas».
La parte ‘no secreta’ del tratamiento parece sencilla: alimentos naturales e higiénicos, ejercicios respiratorios porque no sabemos ni respirar ni masticar bien, curas locales mediante preparados de hierbas y y baños de vapor de cinco minutos para expulsar toxinas.
No le hicieron excesivo caso a las cartas que envió al Ministerio de Sanidad y otras instituciones, pero en El Burgo sí hay algunos pacientes que atestiguan su éxito en algunas enfermedades menos graves, como la depresión que parecía Amelia o la ceguera que amenazaba a Pascual después de recibir un `rabotazo' de una vaca.
Los que se curan a sí mismos
La pregunta sigue abierta: ¿Curan? La citada Marga Serrano dice que «los médicos, en general, opinan que todo es autosugestión del paciente. (..) Mi opinión sobre este tema ha variado después de realizar este trabajo; es evidente que hay una parte de sugestión pero estoy convencida de que hay algo mas».
Lo cierto es que muchas de las historias de curanderos y naturistas arrancan en historias personales, en enfermedades que ellos mismos han sufrido y les han llevado a revelarse contra ellas. El caso más espectacular es el ya apuntado de Prudencio Rodríguez, de San Justo de la Vega, enfermo de una tuberculosis pulmonar. Un viejo libro de un cura alemán (‘Manual de hidroterapia’, de Mosén Sebastián Keneipf) escondía la solución para su enfermedad y la de sus dos hermanos. ‘Sanaron’ los tres y hasta la localidad comenzaron a llegar pacientes de todos los puntos de la provincia. No me atrevía a hacer nada, temía hacerles daño, pero como veía que iban curando me animé».
También Ángel Rodríguez, naturista de Mansilla de las Mulas, comenzó sus curaciones por él mismo. Había perdido a su mujer y con ella la fe en la medicina convencional. Después cogió él las fiebres de Malta y, afirma, «el tratamiento que recibí degeneró en una enfermedad más grave: ‘el mal de Addison’, que me dejó durante casi 20 años inservible para la vida normal».
Como en el caso de Prudencio Rodríguez la solución estaba en un libro de medicina natural, el de Lezaeta Acharán. Estudió sin descanso hasta el punto de decir sin rubor que es «el naturista que más ha estudiado» y ha evolucionado a otros métodos como la iridología (diagnosticar mediante el iris), hidroterapia, geoterapia, etc.
También él se curó a sí mismo y recorrió buena parte de la provincia recogiendo plantas que aplica en sus terapias en León y lejos de la provincia, que se muestra reacio a desvelar. «Lo que sí puedo decir es que gran parte de los males vienen de la intoxicación que todos estamos sufriendo por la adulteración de los alimentos».
Ángel y Prudencio se han curado a sí mismos. Pero también les deben la vida a los curanderos, dos alcaldes de la provincia: Manuel González Velasco, que ya no lo es de San Andrés del Rabanedo, y Juan José Alonso Perandones, todavía con el bastón de mando de Astorga. Al maragato lo llevaron siendo un niño a la consulta de Prudencio Rodríguez: «Tenía un año, estaba muy grave, con una colitis intestinal y se puso muy bien».
Ángel Llavona, Espín y Pura Vidal
El caso de González Velasco, según su curandero, era más grave. Ángel Llavona, un asturiano que se afincó en los años 80 en La Magdalena, asegura haber acabado con el cáncer estomacal del que fuera alcalde del municipio cercano a León. Su interés procede de la afición por el deporte que le llevó a ser primero piragüista en El Sella, campeón de Asturias de boxeo después y futbolista en Francia después. Su estado físico era fruto de su afición a la medicina naturista y alimentación equilibrada, que es lo que quiere trasmitir a sus pacientes.
De pintor de brocha gorda a sanador paso Antonio Espín, nacido en Cartagena pero con consulta en San Miguel de las Dueñas. Especializado en problemas del sistema nervioso, afirma que su energía interna procede de Dios. «Mi mujer es muy incrédula y no me ha ayudado demasiado, pero yo entiendo perfectamente su postura», declaraba en 1986. Descubrió sus poderes porque curó a su madre de una dolencia cardiaca con sólo tocarla. Su consulta deja claro que la importancia de su tratamiento está en sus manos: una habitación con una silla en el medio y una mesa repleta de imágenes religiosas.
Males de estomago y nervios eran la especialidad de Pura Vidal. Sus recomendaciones eran claras: «constancia, paciencia y, desde luego, corner demasiado no ayuda». La palabra curandera no la define. Mejor naturópata y vidente.
De pintor de brocha gorda a sanador paso Antonio Espín, nacido en Cartagena pero con consulta en San Miguel de las Dueñas. Especializado en problemas del sistema nervioso, afirma que su energía interna procede de Dios. «Mi mujer es muy incrédula y no me ha ayudado demasiado, pero yo entiendo perfectamente su postura», declaraba en 1986. Descubrió sus poderes porque curó a su madre de una dolencia cardiaca con sólo tocarla. Su consulta deja claro que la importancia de su tratamiento está en sus manos: una habitación con una silla en el medio y una mesa repleta de imágenes religiosas.
Males de estomago y nervios eran la especialidad de Pura Vidal. Sus recomendaciones eran claras: «constancia, paciencia y, desde luego, corner demasiado no ayuda». La palabra curandera no la define. Mejor naturópata y vidente.
Trabazos, curandero del vaso de agua
El caso más espectacular y comentado de curanderismo en la Comunidad es el del zamorano Rafael Morán, de Trabazos, que no es leonés pues su fama va mucho mas allá de las fronteras de las tierras de Aliste y numerosos leoneses hicieron cola en la consulta para «beber sus vasos de agua, azúcar y algo más». Dicen los vecinos del pueblo que hasta 300 personas pueden pasar en un día en fechas como las de Semana Santa.
Cura de todo este personaje de mal genio que entiende que le pregunten y no crean en él. «Yo no creo en los demás curanderos», afirma, pero avala su historia con curaciones casi milagrosas, como la de una paciente de diabetes desahuciada por el doctor Barraquer. Lo cierto es que a su consulta llegan sobre todo pacientes en estado crítico, de enfermedades crueles: «El cáncer se cura» pues su remedio «depurador de la sangre sirve para todo. También puedo curar a los homosexuales, pero muchos prefieren seguir como están y dejan de tomar el agua», le confesaba a nuestro compañero Jesús Egido en 1990.
En 1979 tuvo un proceso judicial, denunciado por seis médicos, en el que explicó al juez como se inició en el curanderismo tratando de controlar la brucelosis que estaba atacando a su ganados.
El hombre que vino a morir a casa
Las historias que cuentan aquellos que se dedican al mundo del curanderismo para explicar como se fueron introduciendo en él son muchas veces escalofriantes. Prudencio Rodríguez, de San Justo de la Vega, gozó de reconocido prestigio en la ‘rama’ de las plantas medicinales (por lo que prefería que le llamaran naturista) y es que su historia arrancó casi del lecho de muerte.
El joven Prudencio estaba en la mili cuando le enviaron a morir a casa después de diagnosticarle una irrecuperable tuberculosis pulmonar. Visitó numerosos médicos y curanderos pero no había solución para su mal.
En su desesperación compro por 12 pesetas un libro de medicina naturista alemán, del siglo XIX, y allí encontró la salvación no sólo para él, también para sus dos hermanos enfermos.
El daño que hicieron los aprovechados
No se puede ocultar que en algunos lugares se produjo cierto tensión entre los ‘sanadores’ de todo tipo y la sanidad oficial, los médicos, aunque la realidad es que en la mayoría de los pueblos la convivencia entre ambos era bastante cordial y hasta había colaboración, especialmente con los ‘componedores’ de huesos y aquellos que se habían ganado merecida fama en el buen manejo de las pócimas de hierbas. Pero a esta buena relación le hizo mucho daño la presencia, inevitable, de algunos aprovechados. Ya en los años 50 está documentado el desengaño y posterior denuncia de Baldomero Verdejo, vecino be Santiago de la Valduerna, al que la curandera Remedios Fernández prometió curación en cuatro meses para una hija suya afectada con parálisis. Este hombre ya había recorrido muchos hospitales con la niña y se puso en manos de esta mujer y su desengaño fue similar a las esperanzas que había depositado en ella.
Hasta el ínclito Paco Porras visitó esta provincia con sus verduras.
Tres muertes en la misma cama
Matías Boñar explicaba en un viaje a León en 1987 la importancia de las energías positivas y negativas de la naturaleza. «En Sao Paulo hay un científico checo que me contó cómo en una casa murió alguien de cáncer de estomago. Una segundo persona murió de lo mismo en la misma cama y también un tercero. Mediante una varilla y péndulo este hombre comprobó la existencia de un punto de cáncer allí pues –añade– las corrientes subterráneas o los cadáveres provocan vibraciones telúricas».
Una docena de ‘oficiales’
Casi nunca se ha abordado un estudio sobre el curanderismo en la provincia, algo que resultaría muy complicado pues ni existe un registro, ni está regulada la profesión y sus diferentes ‘ramas’. Lo más cercano es un exhaustivo estudio de Marga Serrano pero que se refiere a todo el territorio de Castilla y León en los años 80. Llega a la conclusión la autora de que por aquella época practicaban el curanderismo en la Comunidad 150 personas, 12 de ellas en León.
Con los poderes en la caravana
Una escena habitual en las pueblos que cuentan entre su patrimonio con curandero es una larga fila de personas esperando a la puerta de la casa de este. Eso no pasó con los curanderos ambulantes. Santiago Charro es uno de ellos. De origen bañezano pero le llaman ‘El curandero de Tudela’. «El cáncer es una enfermedad psíquica que se cura no pensando en ella», dice. Con su caravana recorre media España, demostrando los poderes que un cura de su pueblo le descubrió cuando era niño y que puso en practica con el ganado.
Otro ilustre curandero ambulante es ‘El Dietero’, muy conocido en la comarca de Riaño. Con su pajarita, toma el pulso a las señoras y a la semana siguiente vuelve con una dieta específica.
También César Alfonso Álvarez, Yago, conocido como El curandero de la jet-set porque tuvo consulta en Marbella, ‘trabajó’ en León. A este las recetas se las comunicaban los ‘hiperespíritus’. «Si tuviéramos más fe en el hombre, sobraríamos la Seguridad Social y yo» decía.
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